viernes, 18 de diciembre de 2009

HISTORIAS DEL TAXI


Una mañana, en plaza España, un hombre de mediana edad para un taxi, sube, y da la siguiente indicación: “usted empiece a dar vueltas por la ciudad, yo le diré cuando debe parar”. El taxista no entiende nada, y le pregunta si tiene preferencia por alguna zona concreta, y el cliente responde un “no, usted de vueltas”. El taxista sigue al pie de la letra las indicaciones de su cliente, y con el taxímetro en marcha inicia la “ruta a ninguna parte”. El cliente, empieza a dar conversación, y a quejarse sobre distintos aspectos de su vida; pareja, trabajo, familia…sobre todos ellos tenía asuntos pendientes por reivindicar y quizás, porqué no, por buscar solución, aunque en realidad, en esos momentos, lo único que quería era que su “chofer” le diera la razón con un “sí, sí, por supuesto”. El cliente hablaba y hablaba mientras el taxímetro echaba humo; una esposa histérica, una suegra metida en casa, un jefe que no apreciaba su trabajo, y palabras de desquicio protagonizaban uno de los mejores monólogos que nuestro profesional había nunca presenciado. Tras 50 euros de avenidas, calles y plazas, el cliente suspira y suelta un “ya puede parar”. Así mismo, le dio las gracias al que más de media hora le había escuchado, haciendo el siguiente apunte: “esto es lo que me cuesta la visita a mi psicóloga, la diferencia con usted es que ella no me escucha. Para eso le pago a un taxista, que me presta más atención y comprende mis problemas”.

Esta es la historia de un taxista de Barcelona, él mismo me la contó. El taxi en ocasiones se convierte en una especie de confesionario en el que las personas hablan sobre sus problemas, el caso que hemos contado es uno de los ejemplos más anecdóticos.

La gente necesita hablar; a veces, según en qué contexto, no puede hacerlo, y la necesidad oprimida aumenta cada vez más, convirtiéndose en una auténtica olla a presión que puede explotar en cualquier momento: en un taxi, en la sala de espera de un dentista, en la peluquería, en la farmacia, etc. El cliente de la anterior historia no se sentía comprendido ni por su entorno ni por su psicóloga. Según el taxista, el señor no encontraba nunca a nadie que le diera la razón, tan sólo deseaba quejarse y que alguien le apoyara con una palmadita en la espalda compartiendo un “comprendo tu situación y cómo lo estás pasando”; por otro lado, el cliente quizás no quería admitir que su vida necesitaba cambios, y que estos vendrían dados a partir de un esfuerzo personal, de ahí que no empatizara con la profesional a la que acudía. Sea como sea, el taxista cobró sus 50 euros, y también obtuvo una sensación gratificante: “hoy un señor ha subido a mi taxi y ha encontrado alguien que le ha escuchado”.

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2 Comments:

At 3:08 p. m., Blogger Lamamma said...

Genial! también es cierto que a veces nos cuesta menos sincerarnos con un completo desconocido, al que no esperamos volver a ver nunca porque nos da igual lo que piense de nosotros. Con los demás, en mayor o menor medida, tendemos siempre a maquillar las cosas.

 
At 9:44 a. m., Blogger El Divan Digital said...

@ La mamma,

Cierto, me gusta mucho este apunte que has hecho. Muchas veces, con las personas que conocemos, tendemos a maquillar la realidad por miedo al típico (qué pensarán), y conforme nos preguntan más y más cosas, todas las respuestas terminan siguiendo una linea muy distinta a la realidad, la primera respuesta que hemos maquillado, muchas veces condiciona al resto. En ocasiones, hasta puede llevarnos a una confusión, sin al final conocer qué ocurría en realidad, puesto que hemos disfrazado los hechos y ni nosotros mismos nos atrevimos a desnudarlos...

 

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